Short story

Recuerdo aquellos paseos que pudimos dar tú y yo cuando éramos tan sólo unos niños. Cómo yo te esperaba ante la puerta a que tú aparecieras, me sumía en mis sueños y pensamientos hasta que tú, discretamente, entrabas en escena. A diferencia de otra gente que diría algo para hacerse notar, tú tan sólo te sentabas en el respaldo del banco y esperabas pacientemente a que yo abriese los ojos. Ambos esbozábamos una sonrisa mientras nos saludábamos de las maneras más extrañas que conozco a día de hoy.

Entonces nos levantábamos y comenzábamos a andar. Un paso lento, no quería que te quedaras atrás y así podíamos estar hombro con hombro, hablar, reír, comentar. Sueños, ideas absurdas, propuestas decentes e indecentes, música. Cuánta música discutida: Nuevos artistas, álbumes, canciones específicas, letras y sus significados.

La noche nos pertenecía en esos paseos que deseábamos que fueran eternos, aunque supieramos que no iban a durar eternamente. Las calles – vacías por el frío y la hora – no eran el mejor lugar para estar, pero aún así nos sentábamos en la hierba, y pacientemente esperábamos a un acontecimiento: Gotas de agua. Pero rara vez ocurría, y cuando sucedía era al terminar nuestra velada. Aún recuerdo como si fuera ayer cuando comenzaba la competición: A ver quién dice la tontería más grande. En esto siempre ganaba el tonto – es decir – yo. Y cuando ganaba me quedaba largo y tendido observando cómo te reías, tus facciones y movimientos, hasta que te dabas cuenta de que estabas siendo observada. Entonces, con timidez, me mirabas y sonreías.

Y una noche sucedió. Sentados, repitiendo el proceso de tantas noches, las gotas comenzaron a sentirse en la piel. Fue absurdamente precioso y efímero. Nos adentramos juntos en las lluvias de otoño, nos dimos la mano y recibimos recibimos esas gotas con los brazos abiertos. Luego emprendimos el camino a casa, sin soltar la mano. Y al despedirnos, el abrazo fue una sensación de encadenamiento: Ninguno de los dos soltaba al otro, no queríamos que terminara. Ambos lo sabíamos, ambos lo deseábamos, pero no queríamos romper los mágicos momentos en los que estábamos juntos. Y así pasábamos las noches, sentados, riendo, observando y a la espera de agua.

Pero un día no bajaste, al igual que al día siguiente, y al próximo. Ya no estabas, y supongo que lo más triste de todo fue que por ello me diera cuenta de que me dejaste porque ya no te sentías niña, y yo seguía siendo lo que soy y como soy, un niño. Y te esperé, aún a veces me siento ante tu puerta, cierro los ojos y elucubro, como siempre hago, y sueño con que abriré los ojos y te veré ahí, sentada en el banco como cuando éramos pequeños, pero como muchos sueños que tiene un niño, ese tampoco se cumple. Y ahora ando solo por donde solíamos reír, y miro con dulzura donde nos solíamos sentar, con melancolía donde tú saltabas y con lágrimas donde solíamos mirar hacia el futuro, uno que yo deseaba montar a tu lado. Y ahora la lluvia ya no es lo mismo. Sigue siendo especial para mí, pero donde antes sólo había espacio para alegría, ahora la tristeza se ha labrado un asiento en mi memoria, y lleva tu nombre escrito.

Y hoy he ido a tu casa. Aunque sé que no estás, y que de estar no bajarías, he repetido la rutina: Me he sentado, he cerrado los ojos, y aunque como era de esperar no has aparecido, he sido capaz de recordar todos esos buenos momentos que pasamos juntos, y te los he escrito en una carta. Una carta que jamás leerás, una carta que se quemará junto con las demás que te escribí, una carta que permanecerá en el olvido hasta que un día le quite el polvo, la lea y vuelva a ese banco.

Y entonces te esperaré de nuevo.

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